Patio de butacas y escenario de un teatro cualquiera de París otoño de 1959
El premio Nobel de Literatura Albert Camus, en la cumbre de su madurez creativa y de su fama, se encuentra sumido en una profunda crisis vital que ha de llevarle, incluso a su pesar, a tomar una trascendente decisión: su conversión o no al cristianismo, tal y como se desprende de sus conversaciones con el pastor protestante Howard Mumma (Prólogo). A la par que vive en este dilema, se encuentra dirigiendo el montaje de una de sus obras teatrales de más éxito “Calígula”. En escena vemos, además de al propio Camus, a otros tres actores y una ayudante de dirección, los cuáles se encuentran ensayando desde hace semanas. Falta poco para el reestreno y Camus, mientras dirige esta puesta en escena,en un descanso y a requerimiento de los actores, va a entablar un intenso debate con éllos, haciendo un repaso de toda su trayectoria como escritor, ensayista, periodista, combatiente de la resistencia y, en general, de toda su vida, desde su infancia miserable en Argelia, hasta alcanzar la gloria en vida con la concesión del premio.
Los distintos actores, encarnarán, en diferentes escenas denominadas “Cuadros”, personajes claves en la vida de Albert Camus, tales como su madre, una modesta empleada doméstica española, su amiga, la escritora Simone Weil, Jean Paul Sartre ( y la polémica filosófica que sostuvo con él), su esposa, Francine, su particular visión del amor con sus múltiples amantes, así como uno de sus personajes literarios más emblemáticos, Mersault, que se reencontrará con su creador.En el Epílogo, tras el exitoso reestreno de “Calígula”, Camus se encuentra solo en los Jardines de Luxemburgo de París,reflexionando, como símbolo de la insatisfacción, la rebeldía y la soledad del ser humano en pos de lo inalcanzable, quizá la felicidad, y como encarnación del sufrimiento, pero también del afán de lucha y superación en el que podemos reconocernos todos los seres humanos.Por, éllo, como le dice la anónima paseante solitaria que le reconoce, “TODOS SOMOS ALBERT CAMUS”.
La estructura dramática de esta obra requiere un dinamismo en la acción que no debe ser paralizado o aminorado por razones técnicas en los “oscuros” que separan unos cuadros de otros. Estos “oscuros”, que no intermedios, son parte casi dramática del espectáculo y deben durar lo menos posible. Lo ideal sería un escenario giratorio o de deslizamiento transversal que permitiera el cambio escenográfico rápido. En cualquier caso los decorados descritos no tienen que ejecutarse al pie de la letra, pero son un personaje más en esta obra y deberán guardar siempre esa dimensión, aunque sea de manera esquemática. La importancia de la brevedad de los “oscuros” viene dada por su función distanciadora.
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